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    Kristen Stewart gifs

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    I take no credit so don’t say I stole your gif

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      • Dear Sweetheart
      • Sweet Hearts
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      Sweet Hearts (Priscilla Ahn and Charlie Wadhams) - Dear sweetheart

      something hit me in the middle of the night,
      maybe i should listen to my own advice,
      hang on to the one you love.
      when im with you everything is right.

      hang on, i’ll be home soon.

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          It will be difficult and it will have to be far ahead in the future because many people will not like it. But i do not care. I want her. She is mine.

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            iamjamesherondalee:

            My ever growing stack of books beside my bed that I am currently reading.. ignore the book on the bottom ~ lol.

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              fmerob:

              Robert Pattinson / Playlist

              Never think  • Let me sign • To Roam • Stray Dogs • I was Broken • I´ll be your lover too • It´s all on you • Chokin ´on the dust pt 1&2 • Doin´ fine • Edwards Piano concert  (DOWNLOAD)

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                Esta es una alegría tremenda. Ya pueden conseguir Volver a empezar en itunes. #volveraempezar

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                  Era el momento en que todo se estaba aterrizando en la gran burbuja de las puntocom, recién estallada y productora de la primera gran crisis financiera de la era digital. 

                  Junto a esa crisis, se avecinaba una potente tormenta de descargas de archivos musicales de forma ilegal y masiva, que pondría en jaque a la industria discográfica. 

                  Pero la industria, ese mastodonte engordado al ritmo del rock and roll, el disco y el hip hop, codiciosa, perezosa y usurera, veía unos números muy distintos. 

                  Aunque la caída de la venta de los discos compactos había sido paulatina y preocupante - para comienzos de 2001 la venta del formato se había reducido en un 9%,-, las grandes casas discográficas aún miraban con desdén el ambiente digital que funcionaba como caldo de cultivo para la ruptura de su modelo de negocios.

                  Habían estado, durante 40 años, en la cima del entretenimiento; habían producido revolucionarios artistas, los habían magnificado y también exprimido, explotado y atracado, todo por vías legales. 

                  Y la forma como lo habían logrado era un formato conocido como el larga duración: una producción musical por la que pagaban millonarios anticipos y liberaban chequeras multimillonarias para vender un producto que tocó techo creativo y económico en 1999. Tan lucrativo, popular e intocable era el álbum, que vender canciones sueltas era un despropósito. 

                  Pero además de ser lucrativo, masivo, popular e intocable, el álbum también era otra cosa, algo que a los negociantes de los discos les importaba poco, a la radio le tenía sin cuidado - pues la había engordado colateralmente también - y al usuario sí le empezaba a preocupar: 

                  El álbum era malo. 

                  Aquella pieza de colección que en su momento fue revolucionaria desde su contenido artístico, se había convertido en una pieza clave en una cadena de producción en serie de artistas mediocres, sujetos a los deseos de accionistas, a las bonificaciones de usureros y de magnates. 

                  El álbum pasó de tener conceptos - Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band - y de narrar inolvidables historias -Rumours -, de criticar sociedades - The Wall - y de ponerte a bailar inconteniblemente - Thriller - a contener (literalmente CONTENER) 13, 14 canciones, a veces 20, de mediocre origen, de poco significado.

                  Y de esas 20, 2 eran buenas canciones. El resto eran relleno. 

                  En su mejor momento - dicen los expertos que fue 1999 el “tipping point” del disco compacto -, los cd’s más comprados fueron de Backstreet Boys y Britney Spears. 

                  Y ya sabemos todos cómo terminó eso. 

                  Pero el modelo iba a cambiar por culpa de la tecnología. 

                  Shawn Fanning y Sean Parker produjeron esa revolución inicial, dándole al usuario del suburbio un propósito para volver a consumir música desde su valor original: el de una canción. 

                  Así las cosas, Napster replanteó los costos que un ciudadano debía gastar en un larga duración. Y dejó en manos del dueño del computador la decisión de ir a una tienda o construir una red de redes, unida por la música. 

                  El problema es que la unidad digital conocida como el mp3 no había sido apoyada por las disqueras. 

                  No existía una cabeza en los grandes sellos discográficos que pudiera ver en el mp3 algún tipo de futuro comercial. Prácticamente, la realidad era que no se podía ver el mp3, de manera que, cómo cobrar por él? Y cómo convencer a los distribuidores físicos de aceptar un formato invisible? Las razones para decirle que no al mp3 eran más visibles que el mismo mp3.

                  Parker y Fanning desataron una anarquía digital de proporciones históricas. En medio del caos propiciado por Napster, tejieron una meticulosa red de distribución que funcionaba por fuera de los esquemas del derecho de autor que engordaba a las disqueras y dentro de sus necesidades como público y como consumidores. Al establecer ese caótico orden de las cosas musicales, Fanning y Parker destruyeron para siempre y - probablemente sin saberlo en ese momento - el negocio de los discos. 

                  La decisión sobre el costo de un álbum ahora quedaba en manos del usuario. Y esa decisión era que no iba a pagar NADA. 

                  Nada. Cero. El costo de un álbum había desaparecido con el nacimiento de Napster. 

                  Fue cuestión de tiempo para que la red se extendiera, de las casas y de los computadores de Fanning y Parker, a los dormitorios universitarios, a las oficinas, a las casas, a los hogares gringos y a los hogares del mundo.

                  Y con Napster nacieron sus clones - Gnutella, Kazaa, Limewire, etcétera - que se encargaron de hacer lo que las disqueras no quisieron, cuando Fraunhoffer intentó estandarizar los nuevos códecs que permitían a la música distribuirse rápidamente: inventarse el tráfico del mp3. 

                  Sony había intentado meterse en el mundo digital, pero las interfaces eran pesadas y complicadas de manejar. Además de eso, había grandes divisiones dentro de la compañía, propiciadas por los ambientes de competitividad entre el sello discográfico y la división tecnológica. Una familia disfuncional y egoísta, que peleaba constantemente cuanto avance digital proponía Sony Electronics, torpedeó cualquier buena intención de Sony de hacerse al mercado digital temprano en los dos miles. 

                  Preocupados, Sony y Warner no se habían quedado quietos en el desarrollo de una tecnología para detener la fuga de capital vía piratería digital convertida en archivos mp3 y lo habían intentado todo: Realplayer fue una primera opción. Watermarks fue una segunda. Distribución digital por suscripción fue una tercera. 

                  La primera revolución digital había sido producto de una inquietud juvenil y accidental, y fue esa inmadurez dentro de una visión tecnológica la que jugó en su contra rápidamente - Napster fracasó como empresa, pero no como revolución.

                  La segunda revolución digital no podría ser tan accidental. Y no tenía por qué serlo. 

                  Esa revolución, gestada a partir de la creación de la tienda musical más grande del mundo, comenzó con una frase para la industria discográfica, según cuenta Walter Isaacson. 

                  Esa frase fue también la que concluyó casi que fatídicamente una reunión clave en Cupertino, California, entre el presidente de Apple Computer, Steve Jobs, y Paul Vidich, gerente digital de Warner Music.

                  Paul Vidich y un colega de Sony visitaron Apple para mostrar a Jobs sus planes de acción digital y tecnológico frente a los nuevos desafíos.

                  Minutos después de soportar la incompetencia de la industria discográfica frente a su propio producto, Jobs se paró de su silla histérico, miró a Vidich a los ojos y le dijo:

                  “Ustedes tienen la cabeza metida entre el culo”. 

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                  El nacimiento de iTunes es quizá el logro más grande de Apple en su historia como empresa.

                  En un momento en el que todo parecía estancarse, Jobs vio una oportunidad única: La burbuja del negocio digital le estalló en la cara a Nasdaq, dejándola inservible de la noche a la mañana; la venta de discos originales se desplomaba rápidamente gracias a Napster, mientras que la venta de discos vírgenes para quemar superaba el número de ciudadanos norteamericanos: 320 millones de copias vendidas en un país de 280 millones de ciudadanos. 

                  Esa primera cifra fue la que más llamó la atención de Jobs.

                  En momentos de austeridad en los frentes tecnológicos que lideraba, invirtió años y dinero en investigación, absorbió personal competente y simplificó el dilema de la música digital, sin comprometer, como lo habían hecho Fanning y Parker, la propiedad intelectual de los involucrados. 

                  iTunes nació como una interfaz que permitiera al usuario de Mac recoger sus canciones en un archivo digital sin complicaciones.

                  Usó los mismos colores de sus interfaces de vídeo y dvd y se concentró en el audio, al que no había prestado atención hasta ese momento. Revisó el mercado de los dispositivos de música en mp3 y fue desechándolos poco a poco, encontrando con Joel Rubinstein y Tony Fadell los socios óptimos para la creación de un verdadero dispositivo, que no se viera desechable, que luciera puro, rebelde e interesante. 

                  Rubinstein fue armando las piezas del dispositivo digital que el usuario Mac necesitaría tener para no ir muy lejos y tener su música en todas partes; habló con Toshiba para la pantalla, y consiguió la batería, además de un disco duro de 4.5 pulgadas en el que cupieran mil canciones. La bandera de la misión era una frase: “mil canciones en su bolsillo”.

                  Fadell fue armando los prototipos hasta tener tres y ponerlos sobre la mesa de Jobs, quien insistía que una persona debía alcanzar una canción con su dispositivo en tres pulsaciones de un botón. Ni una más, ni una menos. 

                  Después de tener el prototipo se embarcó en la búsqueda de hacer de iTunes no solo una interfaz, sino también una tienda. La crisis de los discos, vinculada a la incompetencia de la industria discográfica para pelear contra la distribución digital ilegal, le dieron el campo perfecto para que no pudieran decir que no. La única gran objeción era el tema de vender canciones y no discos completos. 

                  Pero Jobs no dio el brazo a torcer; entendía muy bien qué había causado la debacle de los discos y por qué estaba de moda de nuevo tener solo canciones. Al presentarle a Roger Ames, entonces presidente de Warner Music International, la plataforma de ventas digital conocida como iTunes, y a su cool dispositivo portátil, ganó la primera batalla sin muchos contratiempos. “Esto es lo que necesitamos”, concluyó Ames. Y así comenzó la siguiente etapa: la de los derechos de autor. 

                  A Ames se le unió rápidamente Doug Morris y con él, vino Jimmy Iovine, ambos de Universal - Interscope. Sony y su arrogancia fueron los últimos en subirse al barco, pero finalmente lo hicieron, después de que Universal dijera que sí. 

                  La poca penetración de Apple en el mercado tecnológico - su participación en aquel entonces era del 5% - jugó un gran papel a favor. Prestidigitador de las palabras, Jobs le dijo a sus amigos disqueros que ser tan pequeños en el mercado favorecía las condiciones del negocio y del ejercicio tecnológico: si fracasaban, podrían echarse para atrás, y probablemente nadie sentiría el golpe, sino Apple misma. 

                  Pero no fracasó. Cuenta la historia de Isaacson que a los seis días de abrir la tienda digital,  habían vendido 1 millón de canciones a 99 centavos cada una - 70 para la disquera, 30 para Apple. Jobs había dicho que en un año se vendería ese número de canciones.

                  Lo que vino después uno ya lo conoce: la caída de Napster. El crecimiento paulatino y orgánico de la industria musical y su migración de lo físico a lo digital. La posibilidad del artista independiente de promover su música en una plataforma popular. La increíble masificación del iPod y su mutación hacia el iPhone. La adopción de los dispositivos musicales como agentes de lo fashion, de lo cool, de lo que está de moda. La desaparición de los sobrecostos en la producción de los discos compactos y la velocidad del recaudo en regalías y derechos. La popularidad de unos audífonos blancos, la antítesis de los audífonos, los primeros grandes dispositivos en la historia de la personalizacón del consumo musical. La eficacia de la tecnología a favor de una industria y de varias. Y la promesa cumplida de que, aunque fuera difícil de creer, tenías mil canciones…en su bolsillo. 

                  Cuenta Isaacson que en la carrera increíble que emprendió Jobs por hacer de iTunes un éxito, se reunió con Mick Jagger, Bono, Bob Dylan y Madonna entre muchos otros, para convencerlos de que hicieran disponibles sus catálogos a través de la tienda digital. Pero que la mejor historia es la del jazzista Wynton Marsalis, poco afecto a la tecnología y escéptico de la música en digital. 

                  Jobs fue hasta su casa y le mostró con esmero su plataforma, pero Marsalis no le prestaba atención. Hasta que se dio cuenta que Jobs no se iría de su casa hasta que no lo mirara cuando le estaba mostrando la tienda. Dice Marsalis que finalmente se quedó mirándolo. Pero no porque le interesara iTunes. Sino porque no podía creer que hablara con tanta pasión. 

                  Jobs cambió el mundo de la música. Buscó simplificar la relación del oyente con ella y se concentró en los detalles para acercarlos lo más rápido y eficazmente posible, sin amenazar el derecho de autor en el que creía y perpetuando la necesidad del usuario de poseer su música, de seguir siendo dueño de ella. 

                  Su trabajo - y el de todos sus colegas - fue largo y exhaustivo, porque no hay simpleza en la simpleza. Solo hay una ilusión de que es todo sencillo, y Jobs era un ilusionista por naturaleza, un tergiversador de la realidad, un hombre que amaba la música y sobre todo : creía firmemente que una canción podía cambiar el mundo. 

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